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domingo, 4 de mayo de 2014

Tú, que me enseñaste a querer.

*Escribiré todos los domingos, exceptuando alguna semana que pueda andar de exámenes. Me comprometo a no abandonar esto, seguir  escribiendo, que es lo que de verdad me llena.

Tú, que me enseñaste a llorar.
Tú, que me enseñaste a reír.
Tú, que me enseñaste a sentir.
Tú, que me enseñaste a amar.


Hoy te escribo a ti, mi madre, mi consejera, esa que me enseñó  a mirar la vida desde otro punto de vista, la que me demostró que el afecto es lo que nos hace grandes, hoy escribo a la mujer que estaría dispuesta a dar la vida por mí todas las veces que hiciera falta.
Escribo a mi vida, a mi muerte, a esa parte de mí que nunca se irá. A mi mitad, a mi reina, a lo más importante de mi vida.
Dicen que nunca se puede llegar a agradecer lo suficiente lo que una madre hace por ti, que los “gracias” no sirven en este diccionario. Que no hay reglas ni normas, ni requisitos que cumplir. Que amar es mutuo, la conexión es recíproca.
Gracias por advertirme, gracias por  levantarme y gracias por nunca dejarme sola. Gracias por seguir ahí por encima de todas las cosas, gracias por siempre enseñarme a querer. Gracias por tratar de evitar mi caída siempre que has podido. Gracias por ser mi madre.
Y hoy, te digo que te quiero. Que lo sabes, que te lo digo, que te lo demuestro y que te lo repetiría una y otra vez, sin cansarme.
Porque, te prometo, que este amor sí que será eterno.

Feliz día de la madre, amatxu.
@TumundoblogI