Y, es que, supe que iba a quererte
desde el primer momento en el que cruzamos palabra. Desde ese instante en el
que te conocí. Sabía que, si tus labios rozaban los míos, iba a ser mi perdición.
Que si te hablaba, ya no habría marcha atrás.
Pero, aun así, arriesgué. Creyendo
que no te quería como en verdad ocurría, caí. “Y vaya si caí”. Tan solo el contacto con tu piel ya hacía que todo mi ser se activase,
que perdiera el control de mi cuerpo. Hacías que nada y todo tuvieran sentido
al mismo tiempo, que no hubiera reloj capaz de quitarnos nuestro momento,
nuestro instante. Todo mi tiempo tendía a ser tuyo, toda mi vida pendía de tu
sonrisa.
Y anda que no te dije de veces que tu
sonrisa era una de las cosas más perfectas que tenías. Que era lo que más feliz
me hacía.
Y, simplemente, he de confesarte que
aun te recuerdo. Aún recuerdo tus abrazos, tu risa y tus mil y un formas de
hacerme reír. Nuestro juramento tirado al mar. Nuestras partidas a la play, mis
piques, nuestros esquivos besos. Nuestro “no caeré en la tentación” pero
caíamos. Porque, pecábamos, pecabas sabiendo que hacías mal. Pero no te importaba, no nos importaba.
Hoy, he de decirte de nuevo que aún
siguen nuestras conversaciones guardadas, tus audios diciéndome que me amabas,
tus fotos y todos nuestros momentos compartidos. Todavía no he sido capaz de
borrarlos. Porque, ¿de qué me sirve, si de mi cabeza no
te vas a ir? Después de casi medio año, aun sigues
en mi cabeza, en mi corazón, al fin y al cabo, aquí, conmigo.
Y, que sepas que, sí, a día de hoy
aun te escribo, que a día de hoy aun “te amo”.
@TumundoblogI
